No suelo ver imágenes antiguas de partidos del Real Madrid. Algunos históricos sí. Pero los que yo ya vi, la
verdad es que no suelo hacerlo. Todo lo conservo en la memoria guardado como un recuerdo preciado,
imágenes imborrables de cuando en la infancia o en la adolescencia se archivan momentos que no hay tecla
capaz de desinstalar de nuestro disco duro cerebral. Eso sí, son recuerdos difuminados por el paso del
tiempo y a los que se le incorporan otros ingredientes que rondan lo que se llama la fantasía infantil o la
exageración del adolescente.

He visto muchos partidos y goles del Madrid. He visto muchos remates. Muchos tiros a puerta. Y jugadores.
Pero solamente a uno que, sencillamente lo que hacía era volar.

Santillana volaba. Al rematar de cabeza ya fuera en vertical o en plancha se elevaba por encima de los
demás y flotaba. Flotaba por encima de las cabezas de los defensas contrarios. Luego se quedaba
suspendido en el aire. Cuando todos bajaban por efecto de la fuerza de la gravedad y caían al suelo
quedaban impávidos y asombrados al contemplar el vuelo majestuoso de Carlos Santillana, quien desafiaba
los principios enunciados por Newton. Como un ave gigante desplegando sus alas y surcando el cielo,
Santillana hacía lo propio en el espacio aéreo de Madrid, concretamente en un pedazo de cielo que era el
nuestro, el de todos los madridistas, el del estadio Santiago Bernabéu. Y en otros sitios, en todos y cada uno
en los que el Real Madrid exhibía su poderío de ataque aéreo con Santillana al frente, con él de ariete,
valiente y noble.

Le he visto rematando aunque sangrara por la cabeza con brechas en la frente o lleno de barro.
Los cabezazos de Santillana convertían el balón de juego en un misil teledirigido con tal velocidad y precisión
que normalmente los cancerberos rivales, impotentes en su intento de saltar y estirarse con su envergadura
al límite, no podían evitar el gol.

El nueve madridista esperaba volando a que llegara la pelota, ponía la postura para girar el tronco, y con un
movimiento violento, elegía el sitio del disparo y luego con la testa lo ejecutaba con una espectacularidad tal
que ya desde el despegue al aterrizaje te ponías de pie para disfrutar más del lance, como si estando
sentado no fuera lo mismo porque no participabas del remate.

Una noche además de marcar de cabeza volando como siempre, golpeó con el pie con una fuerza
descomunal. El Madrid jugaba contra el Derby County. Era el partido de vuelta de Copa de Europa. Era al
final de 1975. Yo era un niño. El Madrid había perdido en la ida y necesitaba una remontada. Ellos marcaron
un gol y el Madrid tenía entonces que marcar 5. Se antojaba misión imposible. Pero para nuestros héroes
jugadores no lo era. Además de Santillana marcaron Amancio, Roberto Martínez, y Pirri. Y entonces llegó el
gol decisivo. Santillana llevaba el balón. Se acercaba a la portería contraria. Iba en carrera. Quedaba muy
poco tiempo. La tensión era enorme. Le salió al paso un defensa. Santillana necesitaba despegar, ir a su
hábitat, al aire, pero no podía, pues conducía la pelota. Entonces tomó una decisión. La elevó por encima del
defensa. El defensa saltó, Pero iba tan alta la pelota que no pudo alcanzarla. Santillana siguió corriendo. El
portero se lanzó como un poseso a interceptar el esférico. Éste seguía suspendido en el aire. El estadio por
completó enmudeció. Santillana seguía corriendo en rumbo de colisión contra el portero. El balón empezó a
descender y Santillana despegó. Cuando se encontró con la pelota delante de él empalmó el tiro, sin dejar
que cayera al suelo, y la golpeó con el pie con tal fuerza, tal ímpetu, que lo normal, lo que todos pensamos es
que se saldría del campo. Y cuando todos vimos que entraba como una exhalación en la portería, que era el
quinto de la noche, que el Madrid superaba la eliminatoria contra el Derby County, estallamos. Se escribía
una página más de las gestas históricas de nuestro querido club, las que le han hecho grande por siempre. El
éxtasis se apoderó de los asistentes, de la masa. Fue una celebración colectiva inconmensurable, explotando
como no creo haber jamás vivido.

Lo habíamos visto. No era leyenda. Por eso puedo decir orgulloso que yo vi volar a Santillana.
Le vi volar esa noche y en otros partidos. O a mí me lo pareció. Aunque lo que verdaderamente importa es
que voló. No tengo duda. Volaba.

Carlos Mendoza

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